Fanatismo militar
Editorial Escrita Por: Edna Lorena Fuerte
Nunca antes, en el tiempo que su servidora puede recordar, habíamos visto algo que sucedió en el desfile de este pasado 16, la presencia militar en la Plaza de la Constitución en la capital mexicana, es una tradición que simbolizó, durante muchos años, el papel del Ejército en la organización de nuestro Estado. Era, prácticamente y salvo cuestiones extraordinarias como los desastres naturales, el único día en que las instituciones militares salían a las calles, reafirmando simbólicamente nuestra Independencia y Soberanía. Un ejército de paz, diseñado para un país que dejó las cruentas luchas fratricidas por la estabilidad institucional. Pero hoy nuestro Ejército es completamente diferente, incluso podríamos aventurarnos a decir que no sabemos realmente cómo es, que en los últimos años ha vivido transformaciones muy complejas que, digamos, lo tienen dentro de un limbo de indefiniciones.
Y a lo que nos referimos como distinto en este desfile ha sido que por primera vez en la historia de este acto protocolario, los marchantes al romper filas luego del parte “sin novedad” ante el Jefe Máximo de las Fuerzas Armadas, se les dio la licencia de convivir con los ciudadanos que asistieron a observar el desfile; alrededor de la Glorieta del Ángel de la Independencia se formó un cerco de tanquetas en las que familias enteras posaron para la foto, subieron a sus niños pequeños a los vehículos blindados y camuflados y tomaron la instantánea del recuerdo, ahí, entre algunos gritos de eufórico apoyo, llamaban poderosamente la atención algunos pequeños que vestidos, o disfrazados para decirlo con mayor precisión, con el uniforme militar: el verde tradicional, los camuflados, los de Fuerzas Especiales, algunos incluso con pequeñas réplicas de las armas de alto poder, con sus cascos, chalecos y rodilleras hechas a la medida.
¿Qué clase de espectáculo ha sido ese?, ¿se trata, verdaderamente, como se quiso presentar en diversos medios de comunicación, de un reflejo de apoyo, aprobación y beneplácito? El Ejército Mexicano, durante muchos años, décadas probablemente, fue una de las instituciones nacionales con mayor aprobación y credibilidad, sumamente respetado a pesar de algunos episodios lamentables de nuestra historia; sin embargo, la distancia a la que se le mantuvo de la sociedad era, justamente, parte de lo que le daba ese sentido de honorabilidad y lo que nos calificaba como un pueblo de paz. Portar el uniforme militar siendo civil está tipificado como un delito Federal, y aunque no se trata de “uniformes oficiales” hacer réplicas de los atuendos militares era algo que no habíamos visto como una práctica común y aceptada en nuestro país. Aunque quizá esto no deba sorprendernos pues los primeros niños en posar a las cámaras disfrazados de militares fueron los propios hijos del presidente Calderón, justamente en el primer desfile del 16 de septiembre de su sexenio.
Es indudable que ante los años de violencia e inseguridad que hemos vivido en nuestro país, las instituciones del orden tomen un papel preponderante en la vida pública, que si la principal preocupación de la ciudadanía es su seguridad, eso implique que las miradas se vuelquen hacia quienes están encargados de garantizarla; sin embargo, lo que hemos visto, más allá de que podamos calificar con certeza quiénes fueron los asistentes al desfile, si han sido mayoritariamente las familias de los propios militares, lo cierto es que hay un cambio de lenguaje y relación abiertamente distinto respecto a la milicia, no sólo espontáneo, sino promovido por los altos mandos que, de entrada, dieron la orden de abrir la convivencia, de formar las tanquetas y prestarlas como utilería para la foto. Si de algo estuvo orgulloso nuestro país durante décadas fue precisamente de la honorabilidad de su Ejército, de haberlo construido como una institución de alta lealtad, lo que nos preservó de las historias golpistas que vivieron tantos países en Latinoamérica, y aunque sobra admitir que hubo en ello costos de facto, lo cierto es que el Ejército no era una carga en nuestra vida social. La presencia de las armas, aun en el lenguaje de lo políticamente correcto, aun en el bando de “los buenos”, define a una sociedad que vive en la violencia como constante, el juego del disfraz en esos niños es la cínica mueca de la realidad. Soy Edna Lorena Fuerte y mi correo es ednafuerte@gmail.com para sus comentarios. Gracias.


